01 Oct Mensaje con motivo de la fiesta de San Francisco 2026.
“Los exhortó, con afecto de padre,
al amor a Dios”
(2Cel 216)
VIII Centenario de la muerte de San Francisco de Asís.
PAZ Y BIEN.
En uno de los himnos de las Primeras Vísperas de la solemnidad de San Francisco cantamos: “Cae la tarde lentamente mientras las sombras se alargan. Francisco sabe que llega la muerte, su dulce hermana”. Era el atardecer del 3 de octubre de 1226 y, mientras empezaba a oscurecer, crecía la luz en el alma del Pobrecillo de Asís al vislumbrar el cielo anhelado, mientras acogía la muerte corporal como dulce hermana. Una dulzura que emanaba de un itinerario espiritual fraguado en el amor al Crucificado que le había regalado, junto con el dolor de las llagas, el ardor de un corazón amante de Dios y de los hermanos.
Por ello, Francisco, poco antes de morir, quiso dirigir unas palabras a todos sus hermanos con el fin de expresarles aquello que había custodiado en su corazón como un preciado tesoro para mantenerse fiel al Señor Crucificado. Veamos como lo narra su biógrafo Tomás de Celano:
“Mandó, pues, que llamasen a todos los hermanos que estaban en el lugar para que vinieran a él, y, alentándolos con palabras de consolación ante el dolor que les causaba su muerte, los exhortó, con afecto de padre, al amor a Dios. Habló largo sobre la paciencia y la guarda de la pobreza, recomendando el santo Evangelio por encima de todas las demás disposiciones” (2Cel 216).
Acojamos estas palabras como dirigidas también a nosotros, hijos espirituales de San Francisco a través del legado carismático del Beato José Tous. Les propongo una reflexión sobre esta exhortación con el propósito de profundizarla en estos días cercanos al VIII Centenario de su tránsito.
A.- LA PACIENCIA. Francisco sabe por experiencia que el ego trepa con facilidad y, por eso, nos exhorta a cultivar la paciencia, un fruto del Espíritu Santo (cf. Gál. 5, 22) que nos capacita para mantener la calma y la serenidad ante la adversidad, o cuando somos contrariados, o bien, cuando el corazón queda herido en las relaciones interpersonales. Lo expone clarísimamente en la Admonición XIII, 1-2:
“El siervo de Dios no puede conocer cuánta paciencia y humildad tiene en sí, mientras todo le suceda a su satisfacción. Pero cuando venga el tiempo en que aquellos que deberían causarle satisfacción, le hagan lo contrario, cuánta paciencia y humildad tenga entonces, tanta tiene y no más”.
Ciertamente, para avanzar en la paciencia, necesitamos una actitud activa: vigilancia, autoconocimiento y examen de conciencia a la luz de la Palabra de Dios. Además, fijémonos que paciencia y HUMILDAD van de la mano, lo cual supone desprendimiento y acoger el sufrimiento como abrazo a la cruz de Cristo. Así podremos amar incondicionalmente al otro soportando los padecimientos causados por su fragilidad.
¿Eres humildemente paciente con el prójimo?
B.- LA GUARDA DE LA POBREZA. Enamorado de la “Dama Pobreza”, Francisco es un juglar de Dios que con su vida nos revela la gratitud por el don recibido. Vivir sin nada propio es la síntesis de la pobreza que libera y transforma, que embellece el alma y dispone a la acogida de los demás en sus más variadas expresiones, pues todo es gracia que nos capacita para CUSTODIAR la bienaventuranza de los pobres de espíritu, en la cual se inspira Francisco para escribir la Admonición XIV:
“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,3). Hay muchos que, permanecen constantes en la oración y hacen muchas abstinencias y mortificaciones corporales, pero por una sola palabra que parece ser injuriosa para sus cuerpos o por cualquier cosa que se les quite, se escandalizan y enseguida se alteran. Estos no son pobres de espíritu, porque quien es de verdad pobre de espíritu, se odia a sí mismo y ama a aquellos que lo golpean en la mejilla (cf. Mt 5,39)”.
La paz del corazón del Pobrecillo de Asís y la reconciliación con la creación y las criaturas son la manifestación del alma pobre que ha ido moldeando en la contemplación del Pobre crucificado, despojándose totalmente de sí mismo. ¡Sin palabras! Tan solo me pregunto y les pegunto: ¿Hasta dónde amo a los que me golpean en la mejilla?
C.- LA RECOMENDACIÓN DEL SANTO EVANGELIO POR ENCIMA DE TODAS LAS DEMÁS DISPOSICIONES. Podemos definir a Francisco como un “Evangelio viviente”. Desde su conversión hasta la muerte, el mensaje de la Buena Nueva de Jesús toca su corazón y lo toma como “norma de su vida”. Así, pues, el Evangelio debe ser para nosotros el alimento cotidiano, la luz en los discernimientos, la fuente donde beber para ser hombres y mujeres de fe y confianza. Por ello, debemos ahondar más y más en ella, crecer en su lectura orante a fin de que nos vayamos configurando con los sentimientos de Jesús (Flp 2, 5) y, así, podamos “llevar una vida digna del Evangelio de Cristo” (Flp 1, 27). Pidamos a María que nos enseñe a AMAR la Palabra y, después de “guardarla en el corazón” (Lc 2, 51), sepamos trasmitir nuestra experiencia: seamos anunciadores y testigos del Evangelio en nuestros entornos cotidianos.
Después de esta exhortación, Tomás de Celano nos regala uno de los momentos más entrañables de la despedida de Francisco, donde “el afecto de padre” se derrama en forma de bendición a cada uno de sus hermanos:
“Luego extendió la mano derecha sobre los hermanos que estaban sentados alrededor, y, comenzando por su vicario, la puso en la cabeza de cada uno, y dijo: «Conservaos, hijos todos, en el temor del Señor y permaneced siempre en Él. Y pues se acercan la prueba y la tribulación, dichosos los que perseveraren en la obra emprendida. Yo ya me voy a Dios; a su gracia os encomiendo a todos». Y bendijo -en los hermanos presentes- también a todos los que vivían en cualquier parte del mundo y a los que habían de venir después de ellos hasta el fin de los siglos” (2Cel 216).
La bendición de Francisco también llega a nosotros, llamados a ser bendición para los demás. Una invitación a BENDECIRNOS con los saludos, con las palabras amables, con el trato cordial; bendecirnos con la sonrisa y la mirada. Unos gestos de bendición que emanan de un corazón repleto de amor de Dios. Para ello, es preciso llevar a cabo los consejos de Francisco: “Conservarnos en el temor del Señor y permanecer siempre en Él, así como perseverar en la obra emprendida”. Ahí está la clave, ahí está el compromiso, ahí está la plenitud del amor, ahí está la felicidad.
Somos y nos sentimos bendecidos por Dios. Es cuestión de permanecer en Él (cf. Jn 15, 9). Y si perseveramos en tomar el Evangelio como norma de vida, custodiando la pobreza y amando con paciencia, seremos BENDICIÓN, porque el amor de Dios se derramará al mundo a través de nuestro corazón. Este es el secreto de Francisco de Asís: PERMANECER Y PERSEVERAR en el AMOR; por ello, en el atardecer de su vida terrena pudo “recibir a la muerte cantando” (cf. 2Cel 214).
Nos encomendamos a María, Casa de Dios (SalVM), para que nos custodie en su corazón y nos enseñe a guardar el amor de Cristo en el nuestro, con un espíritu de pobres que nos haga rebosar de alegría mientras cantamos las alabanzas al Creador por habernos llamado a ser hijos espirituales del Pobrecillo de Asís.
Con un abrazo fraterno, les deseo una fiesta de San Francisco llena de bendiciones en el VIII Centenario de su entrada al cielo.
Mª Carme Brunsó Fageda.
Superiora General.
Barcelona, 25 de septiembre de 2026.